Yo soy voluntario, ¿y tú?

Maria

“Descubrí que sonreír y traer sonrisas al mundo me rodeaba de una energía positiva que quería llevar siempre conmigo. Cuando ofreces tu persona a los demás descubres que todos estamos llenos de inquietudes y necesidades. Pero sobretodo te das cuenta de todo el amor que se intercambia, y de lo mágico que resulta llegar al corazón de las personas.” María, voluntaria de un centro de mujeres inmigrantes en riesgo de exclusión, comedores sociales, talleres para personas con discapacidad, campamentos de verano y un largo etcétera.

 

El voluntariado puede considerarse un estilo de vida. Hay gente que lo lleva en su ADN, como puede ser el viajar, la música o bailar. Sientes una gran fuerza que te lleva a hacerlo. Te mueven muchos motivos, quizás uno sobresalga entre todos pero las ganas de compartir, ayudar y aprender del otro son (o deberían ser) el factor común. Y es algo que, aseguramos, acaba siendo adictivo.

Si hablamos de aprender, Ariadna, que realizó un voluntariado sociosanitario en Ecuador, es lo que más destacaría de su experiencia y así nos lo cuenta: “Aprender que la cultura y la educación cambian las ideas. Aprender que el intercambio de información es recíproco. Aprender que hay más maneras de ver la vida que la propia. Y por último, aprender a interiorizar y no olvidar lo que hemos aprendido.”

Ari1

Muchas personas empiezan por el sentimiento de querer “llenar” un vacío, SU vacío. Puede que esto se cumpla, pero sin duda, no debe ser ni es, el objetivo.

Un voluntariado debe ser algo que te ilusione, que te guste, te motive y te mueva por dentro. Algo que el día que parezca que no tienes fuerzas, logre sacártelas de dónde sea. Porque lo que sientes haciendo ese voluntariado, no lo sientes con nada más.

Debes creer en él, en lo que significa, en su misión, en el porqué de su existencia, saber a quien beneficia y la importancia de tu colaboración. Y esto afecta a tu compromiso. Si ves el voluntariado como un simple “pasatiempo”, seguramente no encuentres relevante “fallar” un día. De igual manera que para alguien puede ser insignificante faltar un día al gimnasio pero no lo será para aquel que tenga establecido un plan de entrenamiento y un objetivo al que quiera llegar.

 

Hay muchos tipos de voluntariado, de proyectos, temáticas diferentes, según su duración o implicación y por supuesto, según las personas a las que vaya dirigido.

Desde refuerzos escolares para niños, clases de lengua o talleres de cocina para inmigrantes, salidas culturales, lúdicas o de fin de semana con personas con discapacidad, acompañamiento de personas mayores, participación en campañas concretas (como recogidas de alimentos o juguetes, logística y coordinación en eventos,…), pasando por voluntariados profesionales (aquellos en los que ofreces tus conocimientos como profesional de la informática, comunicación, medicina, derecho, etc.) hasta voluntariados internacionales/ de cooperación o voluntariados corporativos (aquellos promovidos por la empresa y en los que participas como trabajador de ésta).

¡Ah! Y no olvidemos los “cibervoluntarios”, aquellos voluntariados que no son presenciales y que son posibles gracias a la evolución de las nuevas tecnologías (desde consultorías de comunicación al diseño de una nueva web o una base de datos).

 

Como se ve, las posibilidades son muy variadas y seguro que me dejo muchísimas más. Pero mi intención no es otra que remarcar algo que todos tienen en común: la ilusión que debes sentir para llevarlos a cabo.

Todos, sin excepción, tienen como intención mejorar la vida de personas que por una razón u otra necesitan esta ayuda en un momento puntual de sus vidas.

Hasta aquel voluntariado que parece más alejado, sí, ese también. El informático que se ofrece a renovar la página web de una entidad, indirectamente está ayudando a que más personas conozcan esta entidad, puedan interesarse en ella y acaben, quizás, colaborando. Por tanto, finalmente repercute también en el usuario final. Es necesario tener esto claro y muy presente en nuestro día a día como voluntarios para no caer, como decía, en relativizarlo demasiado.

 

Pero como en todo en esta vida, en el equilibrio está la virtud, y por tanto también debemos intentar no implicarnos demasiado para evitar posibles momentos y situaciones difíciles.

Aunque lo diga alguien que tiene tendencia a crear vínculos en menos que canta un gallo… Reconozco que no es fácil mantener cierta distancia y no implicarse demasiado pero es básico en un voluntariado, ya que por un bien o por un mal, va a tener fecha de caducidad. Lo más fácil es que si tienes contacto directo con las personas y disfrutas realmente de tu voluntariado, acabes creando un vínculo con ellas. Un vínculo muy fuerte basado en la confianza, la transparencia, la igualdad y en regalar algo que para ti es muy preciado y que ellos están aceptando: tu tiempo.

 

Como nos cuenta Olga, voluntaria de “respirs” con personas con discapacidad, campamentos de verano para niñas en riesgo de exclusión social y en la residencia de Madre Teresa de Calcuta en India: “Ser voluntario es pertenecer a algo, es compromiso, es querer dar tu tiempo y darlo, es querer ayudar y al final es recibir ayuda porque los que te acaban dando una lección son las personas a las que das ese tiempo. Te hacen valorar tu vida, tu tiempo, a aprender a escuchar y querer el saber el por qué de las cosas, saber que no todo es blanco o negro, que hay un gran abanico de grises y eso solo lo aprendes con estas personas, ver como valoran ellos lo que tu ni te habías percatado de que existía. Y sobretodo a sonreír y a ser agradecido.”

Olga

Así también lo vive Albert, que realiza voluntariados con menores en riesgo de exclusión “Para mí el voluntariado significa que ambas partes compartimos lo más valioso que tenemos que es el tiempo y la felicidad.”

 

Alguien me dijo una vez (no recuerdo quien, empiezo a tener mala memoria para según qué cosas…) “No todos tenemos el mismo dinero, pero el tiempo sí que es el mismo para todos. Cuesta lo mismo una hora tuya que una hora mía.”. ¡Y qué cierto es! Esto implica que quien da su tiempo es porqué realmente quiere, porque todos, absolutamente todos, disponemos de él (aunque a menudo nos olvidemos ya que parece que vivamos en la sociedad del “corre, corre que te pillo”). La cuestión es en qué y cómo lo invertimos. Ahora que has acabado las clases, los exámenes o estás de vacaciones, tienes más tiempo que nunca. Así que, ¿qué te parecería destinar un poco de éste a personas que lo necesitan?

 

Tú, igual que Marta, voluntaria de una entidad de personas con discapacidad podrías sentir y aprender todo lo que te ofrece vivirlo en primera persona: “El voluntariado es dar y recibir al mismo tiempo. Con una sonrisa, un abrazo, un beso… Un conjunto de cosas que ellos nos dan y hacen que yo me sienta llena y sobretodo ver la vida desde otro punto de vista y valorar lo que realmente es importante y que el ser feliz no significa tenerlo todo y ser una persona 10.”.

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